Aparecí ahí de nuevo, de un segundo a otro.
Frente a mí, se sacudía una cortina roja y maltratada.
El ventanal abierto y, afuera, un viento frío y las luces del alumbrado público.
Me tomé un instante para cerrar los ojos, para inhalar, para exhalar.
Dicen que el tiempo pasa y no se detiene. Pero yo digo que hay momentos que nunca avanzaron, que están ahí siempre en una existencia paralela, y que puedes volver a vivir cada vez que quieras.
La escena era solo iluminada por la luz de la habitación contigua y la lógica era interrumpida a ratos por un tic-tac muy cercano. La continuidad desgastaba aún más la cortina que me invitaba a moverme. Al fin, salí al balcón y me vi caminando por la calle allí abajo, me vi detenerme y me vi mirando hacia arriba. Me vi mirándome a mí misma, curiosa.
En eso, él salió de la habitación y se acercó a mí.
Sin voltearme, sentí cómo se transformaba a mis espaldas, cómo desaparecía y aparecía, cómo contenía la respiración y cómo reprimía sus ganas de preguntarme si de verdad estaba allí.
La cortina se deshizo por completo y comenzó a nevar. Lo vi a mi lado de pronto, sonriéndome nervioso. Le di un beso en la mejilla y me abrazó.
- Tres - dijo él y desaparecimos juntos.
Luego de presenciar aquello desde ahí abajo, metí mis manos en los bolsillos y me alejé del lugar muy feliz silbando y caminando lentamente.