19 septiembre 2009

Escritos I



Vamos, convénceme. Dime qué significa en tu mano una flor deshecha.

Tienes la extraña capacidad de reinventar mi mundo y dejarme sin aliento, de volcar tu presencia en mi espacio y detener el viento que moviliza mis sensaciones...
Hace mucho tiempo, me creé mi propia burbuja para no sentir, para no querer, para no expresar... me creé un reino ficticio en el que tus pétalos se detenían antes de caer el suelo.
Pero mis esfuerzos no fueron suficientes y, aunque no lo aceptaba, tú podías entrar en mí, invadiéndolo todo, mientras yo fortalecía mis propias fronteras... Y cada vez que esperaba la llegada del sosiego me demostrabas que en mi falso reinado todo se desmoronaba con cada emoción recurrente... reiterativa...
Al fin me hiciste ver que mis miedos eran sólo el producto de una soledad mitigada por mi propia habilidad de alcanzar un estado de eterna hipocresía. Me hiciste ver que yo era el principal obstáculo para llegar a mí.
Opté por fundir mis lágrimas con tus gestos para poder romper mis falsas verdades.

Ahora mis objetivos siguen siendo los mismos, pero yo he cambiado.
Ahora tu sonrisa no constituye el enigma del que he escapado desde siempre.
Ahora no puedo evadir tus espinas, pero puedo dirigirlas de manera que me duelan menos.
Ahora tu mirada no me causa temor porque ya no existe ese muro que construí una vez entre tú y yo.

Ahora... ahora, Vida, ya no tienes el mismo poder sobre mí.

Explícame entonces por qué no dejo de confundir tu aroma con el de una flor marchita...








[Año 2007 nuevamente. Colección de escritos al estilo "corriente de la conciencia"... éste fue el más coherente y entendible que encontré]

Página 109


Almendra miró la puerta por mucho rato.
- ¿La vas a abrir o no? – le dijo el lagarto.
- ¿No es un chiste?
- No. No me parece divertido.
- Muy bien. La abriré.

La abrió. No era ningún paisaje. Era un salón con muchos espejos.
- Entra – dijo el lagarto. – Es un juego muy divertido. Yo quiero hacer un chiste con eso.
- Dime primero de qué se trata. Después entro.
- ¡Qué divertido! ¡No sabes! – rió el lagarto – Mira, es muy fácil. Allí hay treinta espejos. Hay trece pequeños y cinco grandes. ¿Bien?
- Ahí sólo tenemos dieciocho espejos.
- Espera. Hay otros once que son los medianos y esos son los que debes tocar. Los tocas todos, pero sin tocar ni los grandes ni los chicos, ni rozarlos, ni rasparlos.
- Ahí tenemos veintinueve. Falta uno.
- Sí. El que falta es el más grande de todos, pero sólo aparecerá frente a ti cuando hayas ganado. Entonces debes cruzarlo y recibirás el premio. ¿Ves? Es muy fácil, sólo que debes tener cuidado con “algunos obstáculos” que aparecerán después de cinco segundos de que salga el anterior. ¿Juegas?
- Y, ¿si pierdo?
- Pierdes. Sabes lo que eso significa, ¿no?


Si quieres que se atreva, pasa a la página 124.

Si no quieres que se arriesgue a jugar, ve a la página 78.

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[Fragmento de una novela que escribí a los 12 años. Copiado tal cual :)]

06 septiembre 2009

Velo


Traté en vano de quitarte ese velo de los ojos.

Los pasillos de esta casa son muchos, son oscuros… confusos. Transité descalza por ellos durante todos estos años. Siempre existió una luz… una luz que débilmente entraba por una ventana, esa pequeña ventana que jamás pude dejar de mirar. Aún me acuerdo de esos días en que mis ojos y mi mente eran tan puros, inexpertos, anhelantes de alcanzar aquella luz que se veía tan lejana.

No era fácil caminar por esos pasillos. Todos eran siempre iguales, el mismo piso, las mismas paredes, la misma luz que entraba por esa ventana y que alumbraba cada habitación a la que yo entraba... todo siempre tan uniforme que me daba náuseas. Quise rendirme tantas veces. Quise destruir los muros de esos pasillos sin resultado. Quise escapar de esta casa gigante, sin sentido, sin fin.

Muchas veces maldije a esa tonta luz. Le preguntaba a gritos qué era lo que esperaba de mí. Pero, sin saber por qué, mi deseo de seguir caminando era más fuerte. Caí tantas veces al suelo, pero todas esas veces me levanté.

De pronto, me caí a tus pies. Entonces, aún en el suelo, todos mis recuerdos, mis éxitos, mis fracasos, mis miedos y mis sueños se agolparon en mi mente y me di cuenta de que esa pequeña ventana, a la cual miré todo este tiempo cada vez que necesitaba ánimos para continuar, no era una ventana: era un espejo.

Ahora sé que todo lo que he caminado no fue en círculos. Pero también sé que me falta mucho... demasiado por caminar.

...Traté en vano de quitarte ese velo de los ojos... pero yo también tenía un velo en los míos.

Ja...! No me pidas que te lo explique, si finalmente esos pasillos los construiste tú, con tus propias manos.

[Escrito en mayo de 2007... después de tiempos difíciles. Lo que no te mata te hace más fuerte, dicen.]