Almendra miró la puerta por mucho rato.
- ¿La vas a abrir o no? – le dijo el lagarto.
- ¿No es un chiste?
- No. No me parece divertido.
- Muy bien. La abriré.
La abrió. No era ningún paisaje. Era un salón con muchos espejos.
- Entra – dijo el lagarto. – Es un juego muy divertido. Yo quiero hacer un chiste con eso.
- Dime primero de qué se trata. Después entro.
- ¡Qué divertido! ¡No sabes! – rió el lagarto – Mira, es muy fácil. Allí hay treinta espejos. Hay trece pequeños y cinco grandes. ¿Bien?
- Ahí sólo tenemos dieciocho espejos.
- Espera. Hay otros once que son los medianos y esos son los que debes tocar. Los tocas todos, pero sin tocar ni los grandes ni los chicos, ni rozarlos, ni rasparlos.
- Ahí tenemos veintinueve. Falta uno.
- Sí. El que falta es el más grande de todos, pero sólo aparecerá frente a ti cuando hayas ganado. Entonces debes cruzarlo y recibirás el premio. ¿Ves? Es muy fácil, sólo que debes tener cuidado con “algunos obstáculos” que aparecerán después de cinco segundos de que salga el anterior. ¿Juegas?
- Y, ¿si pierdo?
- Pierdes. Sabes lo que eso significa, ¿no?
Si quieres que se atreva, pasa a la página 124.
Si no quieres que se arriesgue a jugar, ve a la página 78.
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[Fragmento de una novela que escribí a los 12 años. Copiado tal cual :)]
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